“… si Newton creía realmente que el tiempo era un río como el Támesis, ¿dónde estaba el nacimiento y en qué mar desembocaba finalmente? Todo río, como sabemos, está limitado a ambos lados. Visto así, ¿cuáles serían las orillas del tiempo?”[i].
“El cuerpo va por espasmos, contracciones y distensiones, pliegues, despliegues, anudamientos y desenlaces, torsiones, sobresaltos, hipos, descargas eléctricas, distensiones, contracciones, estremecimientos, sacudidas, temblores, horripilaciones, erecciones, náuseas, convulsiones. Cuerpo que se eleva, se abisma, se abre, se agrieta y se agujerea, se dispersa, se echa, salpica y se pudre o sangra, moja y seca o supura, gruñe, gime, agoniza, cruje y suspira”[ii].
“Nos sincronizamos los unos con los otros todo el tiempo”[iii].
De: Vala Kier @valakier para @espacioanzaldua y @revistafuga
Imagen: Fragmento de collage de la artista Kiterea @kiterea. Título de la obra (serie): “Incendios”.
Este texto surgió de: una cuarentena en plena negación, un encuentro arquetipal brotado del mismísimo plasma cósmico o sí mismo, y de una frase que viajó desde la lengua de una lesbiana hasta quedarse pegada en el cuerpo de la otra, vibrando: “sus palabras fueron como latidos”.
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El mito de la enfermedad como rasgo individual, como algo que se tiene, se transporta, se contagia, se pega a otros cuerpos: cuerpos inocentes, cuerpos enemigos, cuerpos en/de peligro. De igual forma el mito de la cura, la vacuna mágica desarrollada afuera, siempre afuera, la fantasía del cuidado como algo aislado, asilado, o incluso, desolado.
La ciencia como el lenguaje autorizado, lengua biológica, xenófoba. La lengua-ciencia, la lengua-ciega. La lengua ciencia-ciega aturdida por sus propios pensamientos que como un cíclope herido engolfa, traga, vomita y vuelve a tragar. La lengua ronca de tanto decir y gritar qué hay que hacer. Pero las manos frías. Lisas. Limpias y sucias a la vez.
El gran mito de la realidad del cuerpo. De su inapropiabilidad apropiada por el Estado. Mi cuerpo está sentado sobre mí, aplastándome bajo su peso [ii]. ¿Quién dice ser su dueño? Si cuando digo “este es mi cuerpo” el “éste” no se refiere a lo mismo que aquél y el “mi” no significa nunca que me pertenece, sino que más bien que es un anhelo, una lánguida defensa, o bien podría ser una frase inspiracional estampada en una remera.
Ni un derecho natural, ni un territorio de conquista. De mi cuerpo voy visitando, como extranjera, como turista, sus recovecos in/apropiados/bles. Cuando digo mi cuerpo, mi enfermedad, mi muerte digo la del otro, que es de otro, para ese otro un objeto, su objeto, o peor: su hijo.
El otro es enemigo, aliado, riesgo, peligroso o en peligro, vigilante, cómplice o buchón y, probablemente, mi captor. Mi celda es mi (cómoda, quizá demasiado cómoda) casa. En ella entramos mi compañera, su monitor interno, la gata -siempre apoltronada en el sillón-, mi propio monitor interno, y yo. La sensación de amenaza no entra, por ahora, se queda afuera. Como a un espíritu maligno, no la invitamos a pasar.
Los yoes-barbijos son/somos tensados al extremo: extremo de aislamiento y de hacinamiento, extremo de consumo y de hambre, extremo de adaptación y de miedo. Cuerpo híper-estimulado por las redes, sociales pero acéfalas, las pantallas brillantes a toda hora y la nueva -pero no mejorada- caja boba contando cuerpos muertos, cuerpos contagiados, cuerpos recuperados, cuerpos descartados.
“Todo será un caos pronto. Ha habido revueltas en Alemania, Inglaterra, Francia, Turquía, India, Corea, Nigeria y la Unión Soviética. Todo será un caos, y luego, el nuevo orden. Qué diablos: una nueva especie. Jacob ganará, sabes. Lo ayudaremos. Y Jacob piensa que la gente no infectada huele a comida” (Octavia Butler, Clays Ark).
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El hilo que mueve esa parte de cuerpo siempre dispuesta al control, se tensa. ¿Sentís cómo tironea? Me pregunto si hay ahí una posibilidad. Si no es por esa posibilidad, aunque sea ínfima, de diálogo con esa parte… no sé de qué servirían las estrategias de paranoia selectiva a la que nos someten.
La ficción del yo sin el vos, del mí sin el tú, la historia del Estado-ciencia-ciega: ¿serán el fin de la libertad? Quizás como concepto, pero no como imagen.
Nunca como imagen.
¿dónde empieza el tiempo del trabajo y el tiempo de ocio?
¿dónde empieza? ¿dónde termina?
¿cómo era lento? ¿cómo era rápido?
¿Cuándo es demasiado?
¿cuánto falta?
¡¿NO VES QUE HAY QUE ESPERAR?! – me grita una señora en la cola de la verdulería que pasé de largo como alambre caído.
¡CÁLMESE SEÑORA! Atrevida le respondí, pero tenía razón:
No veo que hay que esperar.
No veo qué
hay que esperar.
No veo
que hay
que
esperar.
El mundo fuera del tiempo, ese que describe Sebald[i]: el de los muertos, los moribundos, los enfermos en sus casas y en los hospitales, el mundo de sus familias o seres queridos, el de quienes pasan o pasamos todo el día en una cama, o quienes han o hemos sufrido algún infortunio. Cortadxs de todo pasado, de todo futuro, vivimos en un eterno y oscuro presente. “Lo que abre la puerta a la desoladora perspectiva de una miseria continua y un dolor que nunca cese…”.
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A este mundo lo tengo olido (el olfato, se sabe, es la mejor máquina del tiempo construida por nuestros cuerpos), dijo una niña de 9 años mientras su mamá está en un hospital durante cuatro meses, siempre a punto de morir. Se detiene entonces la memoria de la niña sobre los rayos de sol invernal que se estremecían como bailando alrededor de la campera de su papá, el día que le fue a decir algo. Algo irrepresentable. Quizás por eso recuerda el sol en la puerta de la casa de los abuelos. Quizás por eso recordamos detalles.
Estar fuera del tiempo es esa niña, reencontrada consigo misma casi 27 años o segundos después, como si fuera el mismo momento. La niña adulta (o la adulta niña) y su madre, se ven para despedirse largo, y siempre demasiado corto.
Estar fuera del tiempo es la niña que recuerda, quizás, demasiado.
¿cuánto dura un duelo en cuarentena?
¿cuánto duele en el cuerpo si no es visto por otros?
¿cuándo deja de estar vivo el cuerpo que (no) late?
¿cómo laten los cuerpos en este mundo aislado? ¿cómo encuentran el ritmo, el pulso que combina el latido del corazón con el tiempo entre uno, y otro, y otro y otro?
…uno, y otro, y otro y otro…
El latido es el cuerpo siendo tiempo, o el tiempo siendo/haciendo cuerpo. “Todos los seres vivos son osciladores. Vibramos. Seamos amebas o humanos, palpitamos, nos movemos rítmicamente, cambiamos rítmicamente; marcamos el tiempo”[iii]. De lo cual se desprende la hermosa conclusión de que para latir, hay que encontrarse.
¿quiénes laten hoy con este [mi] cuerpo?
La escucha atenta, el intercambio profundo, las pocas palabras y las muchas imágenes. La ausencia de reclamo y la falta de arrogancia. La amistad. Ese sutil y necesario pulsar sintonizado.
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El pneuma es el aire espiritual o espíritu del aire, es el aliento de vida, y es lo que escasea en estos días. Nos deja con las almas asfixiadas, marchitas, pero no muertas: en suspenso. Es el aire que George Floyd no respira mientras es ahorcado por un policía. Es el aire que falta en los pulmones del virus en que nos hemos convertido.
Si no hay aire, no hay tiempo. Si no hay respiración, no hay pálpito, no hay latido y no hay ritmo. Sin ritmo no hay conexión. Un cuerpo late y por eso habla, o un cuerpo habla y por eso late: “Sin ese compás, el habla resulta incomprensible”[iii].
Sin ese pálpito, no hay encuentro, sin esa sintonización, no hay verdadero intercambio. Quizás por eso estemos tan cansadxs.
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¿escuchas cómo late?
entonces estamos a tiempo.
[i] Sebald, Austerliz, pp. 103-104.
[ii] Nancy, 58 indicios sobre el cuerpo, indicio 52.
[iii] Ursula K. Le Guin, Contar es escuchar.
